La casa de la señora había sido pintada entera... de rojo. Parecía una mancha de sangre en la nieve, llamando la atención con urgencia. A la pobre anciana se la llevaron al hospital y sus vecinos fueron a comprar pintura blanca y azul inmediatamente.
- ¡Señor Gómez, deprisa! -, apremió un vecino en el mostrador de la tienda -. ¡Tenemos una emergencia!
- ¿Una emergencia de pintura? -, sonrió el señor Gómez, al que últimamente le iba de maravilla el negocio con tanto alboroto-. ¿Más puertas pintadas?
-Oiga, no tengo tiempo para contárselo. Deme tres botes de pintura blanca y uno de azul océano. Y no se entretenga, se lo ruego -, pidió el vecino.
-De acuerdo, hombre, ya va, ya va...
La policía ya había registrado la tienda del pintor, pero no habían encontrado otra cosa que pintura blanca y azul en cantidades industriales. No tuvieron más remedio que disculparse amablemente y dejarle tranquilo. Aunque fuera el único distribuidor de pintura del pueblo. Aunque la evidencia mostrara que, si alguien del pueblo estaba pintando las casas de colores, no tenía otra que comprar el arma del delito en aquel establecimiento. Le plantearon estas cuestiones al vendedor en un cortés interrogamiento, a lo que éste respondió:
-Habrá comprado la pintura por Internet. Yo no traigo de eso.
Y se había quedado tan ancho.
Pero no todos los del pueblo eran tan estúpidos. Había algunos que sí eran listos y se hacían muy bien los tontos. La medianoche del miércoles, Carmen Clavel salió de su casa sin ser vista. Utilizó el camino del paseo marítimo, donde los vecinos no podían verla y los marineros estaban demasiado ocupados en la taberna como para fijarse en una menuda silueta atravesando el puerto.
Carmen llegó a la tienda de pintura del señor Gómez y la rodeó, golpeando tres veces en la trampilla de madera que daba al sótano. Una mirilla se levantó, se cerró y la dejaron pasar. No habló hasta que no estuvo segura de que la trampilla estaba bien cerrada.
-Lo siento, Gonzalo. Yo no puedo más con esta situación... -, empezó la joven.
- ¿A qué te refieres, Carmen? -, preguntó el señor Gómez, y dos caballeros más que estaban por allí colocando libros en unas estanterías se acercaron a la recién llegada.
-Sí, Carmen, ¿ha ocurrido algo?
-Lo que tenía que ocurrir, Nicolás. Esto se nos está yendo de las manos, la gente murmura y... y yo no puedo seguir viniendo aquí por las noches como una fugitiva... ¿entendéis lo que digo?
-Vamos a tranquilizarnos, querida... -, sugirió el señor Gómez-. Marcos, trae una taza de té para Carmen, por favor.
- ¿Té? Mejor un wishky, por favor -, pidió la señorita ante la sorpresa de sus compañeros.
-Ven, sentémonos... ahora explícame qué te pasa para dejarnos de repente.
-No intentes convencerme de lo contrario... -, advirtió Carmen.
-Aún no me has dado tiempo para eso.
-Pues simplemente quiero vivir tranquila. Quiero ser como ellos, dar paseos por el parque sin temer que se me caiga un libro del bolso y todos lo vean, olvidarme de todo esto... no me mires así, Gonzalo. Os aprecio y sabes que no diré una palabra. Pero nuestras reuniones nocturnas se acabaron.
Un silencio de tuberías invadió el sótano. Marcos le dio el wishky a Carmen y ésta se lo agradeció con una sonrisa.
-No me esperaba esto. Creía que estabas agusto con nosotros...
-Sí, pero lo de ahora es pasarse, Gonzalo. Prestarnos libros, hacer recitales de poesía o exposiciones de arte clandestinas es una cosa... pero ir pintando las puert...
-¡Sshhh! -, chistaron los tres hombres.
- ¿Veis? A esto me refiero. Es una locura. Accedí a pintar mi casa la primera vez porque me pareció algo novedoso, que llamaría la atención, pero a la gente no le gusta el cambio, lo diferente. Y he decidido que a mí tampoco -, y se levantó, apurando el wishky-. Yo no soy como vosotros.
El señor Gómez la siguió hasta la trampilla y le impidió pasar para decirle:
-Pues es una pena. No te das cuenta de que tampoco eres como ellos. He intentado que te conozcas a ti misma y te atrevas a ser tú, pero al parecer quieres ser una persona corriente. De verdad que siento mucho que vayas a vivir así, Carmen. De verdad, esperaba que nuestros caminos no se separasen nunca.
La señorita Clavel le miró sin dudar y él se apartó para dejarla pasar, ayudándole a subir la escalinata y temiendo el momento de soltar su mano para siempre. Ella regresó a escondidas a su casa recién pintada y encalada, pero a la mañana siguiente amaneció toda de color rojo sangre.
Huelga decir que el señor Gómez había sido el culpable, y tanto los pocos artistas anónimos del pueblo que se reunían en el sótano como la señorita Clavel sabían que había sido el señor Gómez. Nadie comentó nada al respecto.
No hubo más puertas pintadas durante unas semanas y algunos vecinos se atrevieron a volver a pintar sus casas. Otros no lo hacían por escasez de fondos, por pereza o porque tal vez, sólo tal vez, le gustara tener algo de variedad y distinción de sus vecinos.
Un persistente agente de policía hablaba con el señor Gómez en la tienda de pintura, después del enésimo registro (puede que tuviera un club secreto de bohemios, pero no eran ni sucios ni descuidados como para dejar rastro). El dependiente le invitó a un café.
-Parece que no van a encontrar nunca al culpable.
-Y a usted parece que le va mejor el negocio, señor Gómez.
-Desde luego, no me puedo quejar -, se rió-, ese vándalo me cae bien.
-Si le soy sincero, y que esto no salga de aquí, no me importa ver algo de color por las calles, ¿sabe?
-Entiendo. Pero no está bien visto que usted tenga opinión.
-Precisamente. He oído hablar de algunos periosdistas y filósofos que escribían acerca de... ¿cómo se llama?, libertad de expresión o algo así. ¿No le suena a usted raro? Como si no pudiéramos decir lo que pensamos, ¡qué barbaridad!
-Sí, ya no saben qué inventar. Oiga, agente, ¿le apetece venir a cenar a mi casa esta noche? Si no tiene que ponerse el uniforme, claro...
-No, no trabajo esta noche, así que de acuerdo. ¿Cena usted a las ocho?
-Más bien a medianoche -, ensanchó su sonrisa el pintor de brocha gorda-. Y venga por la puerta de atrás.
Los hombres se estrecharon las manos y se despidieron hasta más tarde. Anochecía en el pueblo; los pesqueros se recogían en el puerto, los niños volvían a casa y las familias se apelotonaban delante de la televisión, descansando en el sofá de otra jornada agotadora.
* * *
Nunca le prestamos atención al color hasta que nos parece demasiado diferente o fuera de su lugar de origen. Y cuando le prestamos más atención al color que a lo que hay detrás de la puerta, olvidamos que los colores no son más que una ilusión provocada por el espectro de luz, los lenguajes simples códigos para comunicarse y los pensamientos únicos, individuales e igualmente respetables. Se nos da bien no pensar y olvidar.